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Enzzo Hernández Hernández

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La fotografía como retorno de lo muerto. La espiritualidad del cuerpo en la obra de Laura Capote
Texto crítico - Artes Visuales, Arte Cubano, Artistas noveles
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Enzzo Hernández Hernández

Fotografiamos cosas para ahuyentarlas del espíritu (Franz Kafka) 

No es casual que Walter Benjamin abordara en su ya conocidísimo Discursos Interrumpidos, aspectos de la filosofía del arte y de la historia como la noción de ¨aura¨, y refiriera que el valor esencial de la auténtica obra artística se basa en el ritual en el que tuvo su primer y original valor útil, dado que la función primigenia de la obra de arte se encontraba cifrada en el culto, y se originó al servicio de un ritual primero mágico y luego religioso.

Benjamin define el aura como «la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar)». Precisamente uno de los presupuestos iniciales que encontramos en la serie fotográfica Fiebre de ti, de la joven artista Laura Capote, es un diálogo perenne y, aparentemente, sin nostalgia, donde la artista se confronta cara a cara con un tiempo ido. Esa metáfora del tiempo que corre incesante, con vocación de río heraclitano, constituye un riesgo doble y hasta múltiple, que atañe por igual las estructuras espaciales que maneja a modo de microrrelatos en su obra. Paisajes corporales donde más que el gesto contemplativo, nos refrena el silencio o quizás la incomodidad de ese silencio al que la artista alude una y otra vez de forma diegética y extra-diegética. Disparar el obturador adquiere otra dimensión semántica. El acto de fotografiar deviene ejercicio mágico ritual, mecanismo de conjuro, exorcismo.

Se trata de una fotografía que problematiza, una vez más, la evocación y la memoria, y elige el cuerpo como dispositivo. El cuerpo como topos y relato especular simultáneamente, mapa y territorio, sustancia refractante de inusitadas posibilidades. De este modo nos encontramos ante un cuerpo-paisaje, cuerpo-vivienda, cuerpo-arquitectura, cuerpo-máquina, cuerpo-altar. La combinatoria es infinita, así como la inquietud de Capote y las innumerables interrogantes que arroja tras su búsqueda.

Otra idea que parece gravitar no con menos fuerza sobre el ímpetu discursivo de Capote es el paradigma clásico de la sofrosine. La sofrosine entendida como el ideal de la excelencia, lo bien equilibrado, lo proporcionado, la virtud de lo armónico, o quizás más próximo a su oficio fotográfico, como lo definiera Platón en su diálogo Cármides: -el prestar atención a la naturaleza de las cosas-. A pesar de la intrincada lectura psico-espiritual que propone su obra, sus fotografías no hacen más que aproximarse detalladamente a las cosas en su estado natural y observarlas, para luego limitarse a la gelificación de esos instantes de distanciamiento crónico entre un mundo y el otro. Capote, además, tiene vocación no solo de testigo sino de ardua observadora, o sea, su mirada ejecuta radiografías e incisiones a escalpelo limpio. Con la cámara registra hechos y detalles que son evidencias, extrae pruebas. El hecho siempre permanece durando más allá de la captura fotográfica. Nunca ocurre la muerte del tiempo.

En su más reciente proyecto de investigación artística, Expolios, entre la lucha y la lima, proceso de trabajo que fue compartido como Work in progress en el Estudio-Galería de Nelson Villalobo, hay una voluntad meta-artística concreta de reflexionar en torno a temas como el delito, el saqueo, la incautación y lo usurpado. Dicha reflexión se sirve primeramente de innumerables casos de expolio documentados a lo largo y ancho de la historia del arte y la arqueología, para luego ir sedimentando, de lo general a lo particular (en la lógica de las ciencias de la información, grado de licenciatura del cual es egresada) de forma insidiosa y punzante en aspectos vivenciales de la artista, en la historia personal, la visión íntima, en el saqueo del cuerpo, los delitos cotidianos, la usurpación de la mente y de las ideas propias, todo aquel micro-universo que la artista ha conceptualizado y dado en nombrar, en clave de guerra fría, el espionaje del arte. En esta ocasión, Capote se decide por un bojeo personal y caótico, y se desplaza en lógica rizomática por diversos paisajes que constituyen de una forma u otra, espacios de la memoria o zonas de expolio. Para este inventario improbable y nunca suficiente, basándose en un recuento y bitácora de sus recuerdos pormenorizados a modo de diario, pondera aquellos lugares impregnados de ¨aura¨. En el universo trashumante de la artista cada fotografía no solo tiene un sentido ritual, apotropaico, sino también peregrinatorio. La imagen queda pactada con la inserción final del individuo en el paisaje, con la ocupación física en la zona de expolio. Este acto final no es premio, ni trofeo, ni elucubración narcisista, sería quizás la evidencia, el recordatorio de haber sobrevivido una vez más el trayecto y la sórdida poética del viaje. La necesidad de lo legítimo probatorio para emprender el camino siguiente.

Mi secreta obsesión de pornógrafo, ante la obra siempre inquietante de Laura Capote, consiste en imaginarla en persona, frente a mí, colocándose los guantes aún calientes, agujereados y sangrantes de Dora Maar, para luego extender la mano izquierda y decirme adiós en el propio destiladero de sus paisajes corporales, así como sus fotografías nos remiten (para luego introducirnos en un abandono sin abandono) a una lejanía inaproximable.


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